MANIFIESTO

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Pensamos en García-Alix: «Moriremos mirando». Y vamos más allá:
moriremos mirándonos. En realidad, tenemos la sensación de estar
habitando únicamente nuestro vórtice, nuestro ombligo.
Heliocentrismo 2.0: nosotros somos el Sol. Hemos perdido el interés en
los vértices, el verdadero encuentro, ya sea hacia fuera o hacia dentro.
Parkour interior y salvaje, ¿por qué? El parkour dicen que es el nuevo arte
del desplazamiento y nosotros queremos llevarlo a nuestras vísceras,
nuestro interior. Su lema: ser y durar, precisamente cuando todo hoy en
día nace obsolescente y vacío. Ahora todo son impactos. Entro en tu
publicación sin ver ni leer ni saber nada y ya se supone que supone un
impacto. Ya cuenta. El mundo como un bar en que no se precisan
consumiciones: entrar ya vale: la ebriedad nace del reflejo. Buscamos
espejos. Entrar vacíos para salir aun más vacíos. Por eso, hablamos de un
parkour en el desierto, donde solo quepa saltar al vacío de nuestras
propias emociones. Hablamos de abandonar, agrietada e inane, nuestra
superficie, y averiguar si tenemos algo que ofrecernos. El parkour
refiere al choose not to fall, pero juega con el riesgo estético de la caída.
Por eso, hablamos de catar nuestra propia profundidad. Y un modo de
anular todos los impactos externos es vendar nuestros ojos. Apagar la
luz. Tener miedo. No saber. Se canceló la imagen, derrocamos la
dictadura del color, el filtro (la nueva ropa o uniforme). Hablamos de
escuchar y escucharnos. Hablamos del vigor de la palabra. Porque no
siempre una imagen vale más que mil palabras, sobre todo hoy en día,
cuando la imagen no suele ser real. Somos pequeños, mediocres y
onanistas, Scorseses de andar por casa filmando nuestra vida para un
público que ni siquiera existe, porque ese público está filmando, a la vez,
su propia vida. Un mundo de proyecciones, Warhol y su tacañería, quién
quiere quince minutos de fama cuando poseemos el WIFI todopoderoso.
Por eso, hablamos de catar nuestro barro, de escuchar el tic tac de
nuestro estómago. Hablamos de desparecer. De caer en el salto y no
habitar la dichosa y hueca superficie. De morir para nacer más vivos. De
dejar de ser animales con un chip localizador. De evadirnos para
encontrarnos.
Y nuestra carne como el más sublime de los actos poéticos.
De eso hablamos.

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